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Una ola gigante bastante sucia y llena de escombros
Por Cristóbal Bley
olas
2 sep 2013

El pasado jueves, antes del mediodía, en la vorágine de twitter y sus twitteros, se percibía una intensa expectación: ese momento vacío que antecede al suceso real y que hoy parece mucho más interesante que el evento en sí. Largas previas llenas de infundadas predicciones, agotadoras ironías, exceso de información y, al mismo tiempo, una generalizada desinformación. Como un gran globo hinchado de humo, muy brillante por fuera, pero que al reventarse deja poco más que algo de tos.

Mientras por un lado se anticipaban las cifras de una nueva encuesta CEP, por el otro se predecían las bandas que animarían el próximo festival Primavera Fauna. Muchos, también, esperaban ansiosos el sorteo de la Champions League, que en la era del PES y el FIFA se ha transformado en el torneo más relevante para las masas. Tantas cosas pasando —ninguna fundamental— y los 20 minutos que faltaban para saber lo que había que saber parecían un siglo.

Las cadenas de la contingencia son difíciles de zafar. Pareciera que siempre hay algo importante sucediendo que no nos podemos perder y que —peor aún— merece una opinión generalizada. Son los síntomas de la inmediatez superflua. ¿Dónde está el valor de saber antes que el resto el resultado de una encuesta, el cartel de un festival, los grupos de un torneo de fútbol? Aparte de en los bolsillos de los magnates mediales, no lo sé.

La Cable News Network —CNN para los amigos— fue fundada en 1980 por Ted Turner, inaugurando con su aparición el concepto de noticias permanentes. Hasta ese momento, las noticias era lo que pausadamente se leía una vez al día en el diario, lo que se escuchaba tranquilamente en la radio, lo que se veía condensadamente en los noticieros. Después de CNN, todo siempre es noticia: lo que todavía no ha pasado, lo que nunca va a pasar, lo que pasó y lo que —quizá probablemente según el experto de turno— pasará.

Las noticias veinticuatro siete resultan atractivas para el público porque generan dos ilusiones: 1) que constantemente hay algo trascendental ocurriendo; y 2) que al consumir estos medios uno se está informando. Aunque en algún momento puede suceder que efectivamente hay una noticia sucediendo y que nos estemos informando al conocerla, la mayor parte del tiempo esto no es así.

“La prensa se ha movido hacia el sensacionalismo, el entretenimiento y la opinión, y se ha alejado de valores tan tradicionales como la verificación, la proporción, la relevancia, la profundidad y la calidad de la interpretación”. En su libro Warp Speed: America in the Age of Mixed Media (Velocidad de la luz: Estados Unidos en la era de los multimedios), los periodistas y académicos norteamericanos Bill Kovach y Tom Rosentiel analizaron el cambio cultural producido por el never-ending news cycle en el consumo de noticias, y cómo afectaba eso en la calidad del periodismo que se le entrega a la ciudadanía.

“La mayoría de los nuevos medios está más -comprometida en comentar sobre la información que en recopilarla”, escribieron ahí mismo. La necesidad de las cadenas de noticias y los sitios informativos —o lo que supuestamente le demandan las audiencias— de llenar los espacios y tener algo que informar con cierta urgencia, le ha bajado el costo al producto que entregan, basándolo más en comentarios, opiniones de expertos, especulaciones y controversias que en reporteo, chequeo de datos y edición.

“Organizaciones de noticias completas, como MSNBC, han sido construidas alrededor de este parloteo, creando un nuevo medio de ‘talk radio TV’”, concluyen. Esto, finalmente, se ha traspasado a la gente, que responde a esta expectativa permanente a través de las redes sociales. Internet, creo, ha exacerbado este morbo por lo inmediato, tragando y desechando noticias y eventos como quien come un alfajor en la calle.

No sólo pasa que lo importante se confunde con lo inútil, sino que tanta cháchara y habladuría, en vez de darle valor al tema en cuestión, se lo termina quitando. Las expectativas son más grandes que el resultado, y la grandilocuencia de lo previo y lo posterior finalmente disminuye lo importante a una anécdota, apenas una excusa para desatar un tsunami de opiniones que ahoga e inunda los espacios. Una ola gigante, para mí bastante sucia y llena de escombros, pero que a muchos les encanta subir y surfear.

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